
Cierto día mientras navegaba por el mundo virtual me topé con un blog muy particular donde se abordaba el tema del conocimiento en las relaciones interpersonales. Contaba una anécdota que suele suceder de una persona que aparentemente se daba cuenta que luego de tanto compartir, realmente no conocía a ese alguien. El conocimiento es tan universal y tan amplio que podríamos pasarnos la vida tratando de saberlo todo pero jamás lo lograremos. Lo curioso es que apenas lo comprendo. Romper este paradigma no ha sido de la noche a la mañana. A la anécdota contada, le agrego otra: Me encontraba en mi clase de Teoría Contable cuyo tema para ese día era precisamente EL CONOCIMIENTO. El discurso del profesor (Alexander Rodriguez) se basaba en que las personas apoyaban muchas causas ignorando el pasado; para ser exactos se refería a la marcha del 4 de febrero de 2008 (marcha contra las farc). Él encontraba inconcebible que muchas personas se atrevieran a decir que nuestro presidente es el mejor que hemos tenido, entonces se preguntaba ¿conocen la historia del país? ¿saben que hicieron los anteriores presidentes?. Reconozco que estas preguntas tocaron mi fibra y dije para mis adentros: “realmente se muy poco o no sé nada”. En este caso creo que deberíamos aplicar la máxima del Platón “conocer es recordar” y empezar a recoger el pasado para tener argumentos en pro de la causa que sea sin obviar el contexto actual.
Estamos en un mundo de máscaras, un mundo donde las personas se presentan como objetos más que como sujetos ¿por qué? Porque el consumismo ha invadido el espacio personal, la actitud y prácticamente destruye la autenticidad de quienes no son capaces de ser distintos en un mundo cada vez uniforme “sino piensas como todos, no vales o estás loco”. ¿Y donde queda el otro? El otro, ese alguien con quien compartimos (aparentemente), ese alguien con quien estudiamos, trabajamos o nos cruzamos por la calle es totalmente desconocido ¿por qué? Porque vivimos ocupados en tener más que en ser y ser también implica tratar de conocer al otro. Pero para llegar a ese conocimiento debo partir por mi como bien dice la inscripción “conocete a ti mismo” gnosti te autvn (nosce te ipsum) puesta por los siete sabios en el frontispicio del templo de Delfos y pieza clave de la filosofía de Socrates (sólo se que nada sé) que a mi criterio es muy profunda. No obstante conocerse interiormente es bastante difícil teniendo en cuenta que confundimos lo que somos con lo que quisiéramos ser o con lo que otros quieren que seamos o con lo que imaginamos somos, además que parece más fácil recargar en otros las culpas propias para justificar la incapacidad de enfrentarnos a nuestras propias acciones con sus consecuencias.
Me doy cuenta que lo que sé no es la décima parte de lo que no sé y me digo entonces como Descartes: “Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro”. Entonces, como ser humano hoy soy alguien y mañana la misma en versión mejorada cada vez que mi mochila se llena de conocimiento.
Maryory V
Estamos en un mundo de máscaras, un mundo donde las personas se presentan como objetos más que como sujetos ¿por qué? Porque el consumismo ha invadido el espacio personal, la actitud y prácticamente destruye la autenticidad de quienes no son capaces de ser distintos en un mundo cada vez uniforme “sino piensas como todos, no vales o estás loco”. ¿Y donde queda el otro? El otro, ese alguien con quien compartimos (aparentemente), ese alguien con quien estudiamos, trabajamos o nos cruzamos por la calle es totalmente desconocido ¿por qué? Porque vivimos ocupados en tener más que en ser y ser también implica tratar de conocer al otro. Pero para llegar a ese conocimiento debo partir por mi como bien dice la inscripción “conocete a ti mismo” gnosti te autvn (nosce te ipsum) puesta por los siete sabios en el frontispicio del templo de Delfos y pieza clave de la filosofía de Socrates (sólo se que nada sé) que a mi criterio es muy profunda. No obstante conocerse interiormente es bastante difícil teniendo en cuenta que confundimos lo que somos con lo que quisiéramos ser o con lo que otros quieren que seamos o con lo que imaginamos somos, además que parece más fácil recargar en otros las culpas propias para justificar la incapacidad de enfrentarnos a nuestras propias acciones con sus consecuencias.
Me doy cuenta que lo que sé no es la décima parte de lo que no sé y me digo entonces como Descartes: “Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro”. Entonces, como ser humano hoy soy alguien y mañana la misma en versión mejorada cada vez que mi mochila se llena de conocimiento.
Maryory V